Estoy releyendo The Hobbit, por J. R. R. Tolkien desde que Taraneh Kerley, sin proponérselo, me recordó que el Hobbit Day se conmemora el 22 de septiembre. Me he tomado mi tiempo porque estoy disfrutando leerlo en inglés por primera vez, luego de haberlo leído con alguna frecuencia en español por años, desde 1998.1
Mientras disfruto la lectura, de cuando en cuando, al poner el libro a un lado, me llama la atención cuántos paralelismos encuentro entre la aventura de Bilbo y nuestros a veces desafortunados y peligrosos periplos por la Internet. Los paralelismos los encuentro especialmente en la primera conversación de Bilbo con Smaug, pero reconozco que el paralelismo es frágil e indudablemente anacrónico. Se trata, después de todo, de una novela que se publicó por primera vez en septiembre de 1937. Estas observaciones son más un ejemplo de eiségesis que una reflexión seria o concienzuda, pero la idea me entretuvo lo suficiente como para ponerla en palabras.

“There are no safe paths in this part of the world.”
—Gandalf.
Bilbo cambia durante la aventura, pero nunca se aleja de su forma tranquila y respetable, esa que nunca haría nada inesperado, hasta que consigue el anillo de poder que le dota de invisibilidad. Hay mucho que Bilbo sólo se atreve a hacer porque sabe que, con el anillo, nadie puede verlo mientras lo hace. Enfrenta arañas gigantes y se burla de ellas, roba comida, diseña planes y hasta se atreve a tener una conversación ingeniosa con un dragón. Es su invisibilidad la que lo hace sentirse valiente.
La Internet nos ofrece, en una mezcla peligrosa entre realidad e ilusión, una cierta dosis de invisibilidad en la forma de anonimato. El anonimato remueve las inhibiciones y puede hacernos sentir valientes, muchas veces de forma injustificada y en expresiones que se alejan de nuestra conducta habitual. Justo como Bilbo con el anillo, tomando riesgos que nunca habría tomado, haciendo cosas que nunca habría hecho, y diciendo cosas que nunca habría dicho a la vista de otros, cosas que sólo le parecían posibles bajo el cobijo de saber —o creer— que nadie podía verlo.
Y la invisibilidad de Bilbo también lo traiciona a veces. Le da una confianza excesiva y peligrosa al hablar con Smaug y decir más de lo que debía, atreviéndose a mofarse del dragón al final de su conversación; algo que casi le cuesta la vida. Su invisibilidad, en otros casos, simplemente falla; como cuando el anillo se le desliza del dedo al sacar la mano de su bolsillo en un momento peligroso, al final del capítulo 5.
La dependencia del anonimato en línea conduce naturalmente a una pérdida de la integridad y puede meternos en problemas similares. ¿Hacemos y decimos, en Internet y a escondidas, cosas que no haríamos en persona?
Aún si dejamos el anonimato y la invisibilidad de lado, hablar con Smaug —el dragón, a quien arbitrariamente trataré como un paralelismo de los interlocutores o sistemas con capacidad para inferir, recordar y explotar información sensible, en una proporción mucho mayor a la que imaginamos; más porque calza con el ejemplo que quiero usar que porque esté ni remotamente cerca de la intención del autor— trae consigo sus propios riesgos.
Bilbo se sentía complacido consigo mismo durante la mayor parte de la conversación. De hecho, estaba orgulloso de su ingenio, y no fue sino hasta después de haber terminado de hablar con Smaug —y luego de recuperar el conocimiento, tras casi morir cocido por el aire abrasador y las llamas del dragón en el túnel— que cae en cuenta de cuánto expuso y en cuánto peligro se puso a sí mismo y a otros. La furia del Smaug no tarda en caer sobre la montaña y sobre Esgaroth.
En Internet corremos el riesgo de sentirnos astutos y falsamente seguros; de modo que interactuamos con desconocidos, a veces de forma imprudente. Nos exponemos a caer presas de la ingeniería social, no somos conscientes de nuestra huella digital y las dinámicas de doxeo, descuidamos la influencia que realmente tienen sobre nosotros los algoritmos, y un largo etcétera. Pensando que estamos siendo ingeniosos, a veces podemos revelar mucho más de lo que nos damos cuenta, y ciertamente más de lo que desearíamos, si fuéramos conscientes de cuán peligroso era compartir esa información y las consecuencias que podría tener, para nosotros y para otros a nuestro alrededor. A veces afectamos a personas que sencillamente no tienen forma de saber cuánto ni cómo los hemos vulnerado, ni cuán inminentes son las consecuencias que podríamos traer sobre ellos con nuestras acciones. Smaug puede ayudarnos a recordarlo.
“It does not do to leave a live dragon out of your calculations, if you live near him.”
Aún no he terminado de releer The Hobbit, pero la historia no esconde secretos para mí; solo los tesoros de la prosa de Tolkien, que se disfruta indiscutiblemente mejor en inglés que en cualquier traducción, por muy bien intencionada y culta que esta sea2. Así que no hay sorpresas en el final de la aventura, ni en la forma en que se transforman las vidas de sus protagonistas; pero me gusta tener presente cómo lo que parecía una aventura difícil, peligrosa por sí misma, pero superada al fin, en realidad pone en movimiento consecuencias para todos a lo largo y ancho de Tierra Media. Es una idea que invita a la reflexión y es potencialmente aleccionadora.
¿Cuántas consecuencias podrían tener en el futuro esas escaramuzas aparentemente autoconclusivas en las que, por imprudencia o plena ignorancia, nos atrevemos a entrar a veces?
Leí El Hobbit por primera vez en 1998, cuando lo compré sin tener ni idea de quién era Tolkien, ni qué había escrito. No sabía (y no sabría por aún algún tiempo) qué era El señor de los anillos. De hecho, compré el libro porque me gustó muchísimo la portada, un paperback sencillo, pero enmarcado por runas negras sobre bordes dorados, con la maravillosa ilustración de Smaug de John Howe. Justo es esa portada la que estoy usando para ilustrar esta publicación. Se trata de una edición de 1991, de editorial Minotauro. Eventualmente la regalé, junto con otros libros que había leído una multitud de veces, a alguien que deseaba que su hijo leyera un poco más.
La edición que estoy leyendo es The Hobbit Illustrated by the Author, con 50 ilustraciones, mapas y sketches de J. R. R. Tolkien, publicada por la editorial William Morrow. Hay una versión en tapa dura que es magnífica, pero yo lo tengo en Kindle, porque un día apareció en oferta, a solo un par de dólares, y no pude resistir la oportunidad de finalmente conseguir una edición en inglés; que sea ilustrada por el autor es un excelente valor agregado.


