Resistir al olvido
Los cuentos de Jurgen Ureña y la generosidad de compartir la memoria
Tengo la dicha, gracias a Dios, de conocer a personas a quienes admiro, y de quienes he podido aprender mucho; al punto en el que se siente —y lo digo sin exagerar— que aprendo algo nuevo cada vez que estoy con ellos. Me hacen sentir una mezcla incómoda pero estimulante de humildad y asombro. Saben muchísimo más que yo en temas que me interesan, con una actitud siempre generosa y modesta. Con ellos puedo sentirme lo bastante pequeño como para disipar cualquier confianza malhabida del orgullo. Sus palabras me empujan hacia la curiosidad. Ese saber que comparten, que se siente a la vez cercano e indescriptiblemente extraño, me resulta embriagadoramente inspirador.
Así que no puedo hablar con ellos sin sentir un deseo ferviente de profundizar en algún tema, de hacer preguntas, de leer con atención. Termino sintiendo que quiero continuar aprendiendo, con la avidez temperada por la paciencia que viene de saber que este tipo de conocimiento tiene que disfrutarse despacio, saborearse con calma, si es que ha de adquirirse.
Así me siento cada vez que tengo el gusto de conversar con Jurgen Ureña, cineasta galardonado y excelente profesor en la Escuela de Cine y TV de la Universidad LCI Veritas.
Con Jurgen aprendí que «contar una historia es una forma particular de la generosidad»1. Hay una suerte de hospitalidad en compartir recuerdos, y permitir que la ficción se desdibuje en la memoria de lo real; especialmente cuando la historia es tan humana, como en el caso de los cuentos de Jurgen, que no puede sino sentirse real para quien la lee o la escucha. Los cuentos de Jurgen conservan personas, en historias que, como sus personajes, se resisten al olvido.
En lo personal, no creo en los fantasmas; pero sí me interesa la memoria, la invitación a vivir cada momento prestando atención a los detalles, el valor de las palabras, los silencios y las pausas. Me interesa la forma de rescatar la tradición oral a través de la palabra escrita; y eso lo hace muy bien Jurgen al recordarnos que El aire tiene memoria. La memoria es, después de todo, un acto de amor al prójimo.
Necesitamos, quizás hoy más que nunca, recordar. Es parte de lo que nos mantiene humanos, en un mundo que se esfuerza demasiado, parece, por ir tan rápido que no haya lugar para los recuerdos.

Se trata de un libro cómodo, fácil de llevar y agradable en la mano. Tiene la peculiaridad de que, con la excepción de las páginas preliminares, las páginas del libro son todas negras con el texto en blanco, a veces adornadas por las sutiles ilustraciones de José Pablo Ureña, que dejan intuir más que lo que explícitamente muestran —algo muy acorde a lo que esbozan las historias del libro. La copia que compré es de tapa dura. Me gusta la pasta dura para los libros que tendrán un lugar en mis libreros, donde reposarán siempre que no esté inquiriendo entre sus palabras.
Jurgen escribe estos 21 cuentos con lucidez, evocando al tiempo las memorias de su abuelo y los recuerdos del lector; especialmente en aquellos lectores quienes, como yo, hayan tenido la oportunidad de disfrutar las historias de sus respectivos abuelos, que justo fueron contemporáneos a Ramón Mesías Ureña, de quien se desprende el germen de estas historias, a las que Jurgen da forma mediante el ritmo, las metáforas, los silencios y las palabras. Eso dota sus cuentos de una complicidad entrañable. Se sienten particularmente cercanos, casi propios, al menos para nosotros, quienes sólo conocimos la Costa Rica de la primera mitad del siglo XX a través de las historias de nuestros abuelos; quienes aprendimos, en sus palabras, el olor del campo y el peso del trabajo, más que por nuestras propias manos. Estos cuentos traen de regreso una Costa Rica en la que, nos parece, se vivía más despacio; dando pie aún a sustos, apariciones y espantos.
Algunas de las historias en este cuentario resuenan más que otras. Todas fluyen y evocan imágenes, pero no todas se quedan. Y las que se quedan tienen un peso leve y a la vez cálido y antiguo, como los soplos de doña Rufina o los silencios largos. El mérito del libro radica en su forma de dar color a las historias ajenas como si fueran propias, en invitarnos a oler el aire y respetar el tiempo. Ninguno de los cuentos infunden miedo, y eso está bien, porque lo que buscan es evocar recuerdos.
Disfruté la lectura. Me gustó dejar que Jurgen pintara en mi imaginación imágenes con palabras, de una forma muy distinta a la que suele hacerlo en nuestras pláticas. Espero en Dios poder seguir disfrutando de ambas: de nuestras conversaciones espontáneas de los martes, y de la lucidez de la ficción en su prosa. Que el cineasta siga escribiendo, y que sus historias interrumpan de nuevo las horas de lectura y calma. Después de todo, hay hospitalidad en compartir recuerdos y resistir, juntos, al olvido.
Esta es, de hecho, una cita directa de sus palabras en el prefacio de El aire tiene memoria (Ureña, 2026). No había pasado de la segunda página, y Jurgen ya me tenía tomando nota ávidamente.


