Desde inicios del 2023 —aún antes de migrar Prografos de lo que entonces era un pequeño blog de Blogpost a la (aún pequeña) publicación en Substack que es hoy—, he escrito de forma intermitente y crítica acerca de la inteligencia artificial en torno a actividades creativas. Mi primera preocupación giraba en torno al quehacer de la animación digital, aunque más tarde también empezó a orbitar la forma en que la ubicuidad de distintas herramientas de inteligencia artificial generativa (GenAI), como los modelos de lenguaje, ahora insertos en casi todas nuestras experiencias en línea, modela cómo interactuamos con otras personas, cómo pensamos y, en última instancia, cómo vivimos.
Sinceramente respeto la decisión y la libertad de quienes decidan usarlas, desde quienes se apoyan en ella para revisar la redacción de una respuesta en línea antes de hacer clic en el botón de «enviar», hasta quienes optan por fingir que están teniendo una conversación profunda con alguien al antropomorfizar un chatbot —diseñado para adular a los usuarios— al punto de sentirlo su «amigo». Pero hay una brecha inmensa entre ese respeto a la libertad de otros y la adopción sumisa de la idea (por demás equivocada) de que se traten de herramientas neutras. Después de todo, tal y como sostiene Neil Postman en Technopoly: The Surrender of Culture to Technology (1992), no existe la tecnología neutral1.
Aún así, hay una cierta noción de inevitabilidad rodeando todo el tema de la GenAI, y eso me molesta. Primero, porque me cuesta creer que realmente sea algo tan inevitable como para justificar la resignación masiva y la adopción forzada «voluntaria» que tan a menudo se promueve en algunos círculos profesionales2. Segundo, porque realmente estoy convencido, hoy más que nunca, de que hemos hecho —yo he hecho— demasiado poco por evitar su uso como para abdicar la responsabilidad bajo la excusa de que nada más podía hacerse al respecto. Lo que es más, me molesta no haber atendido el tema de forma más decisiva, así sea para consolidar mi propia perspectiva al respecto, desde una perspectiva más profunda, mejor informada por la biblia y por una cosmovisión cristiana.
En Substack, conociendo la posición de otros autores y leyendo un poco más acerca de sus perspectivas, me encontré con consideraciones que no había tenido en cuenta.
Ese es el caso de las excelentes observaciones de Andrew Caspersen, por ejemplo, disponibles en Substack a través de su publicación en The Abbey of Misrule, de Paul Kingsnorth. Se trata de una observación que, debo admitir, no se me había ocurrido en absoluto hasta que la leí de su mano: Apoyándose en el mito de Pigmalión, el escultor que se enamoró de su propia obra, Caspersen enfatiza cómo al usar herramientas de GeiAI para externalizar nuestro pensamiento, de hecho (conscientemente o no) estamos rechazando a Dios. Si me permito traducir sus palabras, dice:
«Pero hay un precio. Al aceptar esta mente creada por el hombre, estaría tratando el regalo divino [de la mente humana] como insuficiente. Y porque este regalo divino es en la imagen del Dador, entonces estaría tratando a Dios como insuficiente»3.
Los argumentos de Caspersen son sólidos, y aprecio mucho que se haya tomado la molestia de presentar la versión más estable de las posibles refutaciones y contraargumentos; desmontándolos todos de forma convincente.
¿Cómo podría, ahora que he leído los argumentos de Caspersen, tratar de escapar al «refugio» (ilusorio) de la ignorancia? ¿Cómo podría hacer caso omiso y procurar el uso de herramientas de inteligencia artificial generativa para lo que sea?
Me da pena, porque ya uno de mis mejores amigos había hecho un rechazo enfático de estas herramientas por sus propias objeciones morales y éticas, mientras visitó Costa Rica en junio de este año. Su rechazo fue tan público como elocuente4, y sus argumentos, ricamente informados y profundamente humanos, tendrían que haber sido suficientes para convencerme. Me encantaría decir que lo fueron, pero sé demasiado bien que no estaba plenamente convencido —no como ahora— o no habría sentido con tanto peso las objeciones de Caspersen, que ahora se suman a mi insatisfacción general con el contexto en torno a la adopción masiva de las herramientas de GenAI y al rechazo que ya venía construyendo.
Eso me lleva de regreso a Paul Kingsnorth y a sus iniciativas en Substack. Muy especialmente a su Hermit Crab Press5, y a su iniciativa de Writers Against AI (Escritores Contra la IA)6, cuyo manifiesto el mismo Kingsnorth resume en tres compromisos muy puntuales:
No utilizaré la IA en mi trabajo como escritor.
No apoyaré a escritores que utilicen la IA en su trabajo.
Apoyaré a escritores, ilustradores, editores y otras personas de campos afines cuyo trabajo sea enteramente de obra humana.
El primero de estos compromisos marca un impacto directo en la naturaleza y el propósito de la labor personal. El segundo, aplica un principio de integridad y rectitud entre lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace. El tercero, lleva esa integridad al campo de lo positivo, considerando el apoyo activo a los valores en los que se cree en complemento a la elección negativa sobre lo que se aparta de ellos.
Así que llegó el momento de tomar una posición explícita y adoptar el compromiso de Escritores Contra la IA.

Technopoly es un libro plenamente recomendable, que desearía haber leído mucho antes. Jared Henderson lo está estudiando con su grupo de lectura aquí en Substack, pero yo recomendaría encarecidamente leerlo con calma, al margen del ritmo de lectura de un colectivo, para profundizar en las ideas a nuestro propio ritmo; y sólo quizás entonces, tras haberlo leído por nosotros mismos, interactuar con las perspectivas de otros sobre el tema.
La cantidad ingente de defensores y promotores del uso de herramientas de inteligencia artificial generativa en LinkedIn, de forma tan acrítica como agresivamente polemista, es una de las razones por las que ahora rehuyo activamente del uso de la plataforma.
Quienes hayan tenido la oportunidad de ver el mensaje que mi amigo Fraser MacLean compartió con la audiencia del Festival Universitario de Animación, la tarde del sábado 13 de junio, saben con precisión a qué me refiero.




