El prójimo nunca es un recurso
Las redes sociales nos acostumbran a instrumentalizar relaciones que deberían vivirse como encuentros
A veces me preocupa lo mucho que he escrito sobre redes sociales en un espacio que debería estar dedicado, primariamente, al quehacer de la cultura visual y a animación. Sin embargo, parece que no puedo evitarlo. Las redes sociales son parte de nuestra cultura, después de todo. Una parte que me preocupa, porque modelan la forma en que comprendemos qué significa estar presentes unos con otros. Así que vale la pena preguntarnos cómo estas plataformas forman —o deforman— nuestra forma de convivir y amar al prójimo.
Veámoslo desde un ejemplo hipotético, pero no demasiado lejano a nuestra realidad diaria. De cuando en cuando habrá quien declare, sin disimular el orgullo en sus palabras, que no usa redes sociales. Y lo dirá, paradójicamente, en un comentario a un video de YouTube, aunque YouTube es una red social —una plataforma de video en línea, sí, pero una que prioriza la interacción entre usuarios, compartir contenidos, dejar comentarios, y dar «me gusta». YouTube es una red social.
Pero su convicción es firme. Así que si YouTube es una red social, pues ya no usará más YouTube; le dice a sus amistades… Pero se los dice mediante una publicación temporal en la pestaña de «Novedades» de WhatsApp —otra red social.
Así que las redes sociales están en todas partes y apartarnos de ellas se siente como una pelea perdida. Después de todo, no necesariamente escogimos usar YouTube o WhatsApp por las características que las hacen funcionar como redes sociales. Es muy probable que cuando empezamos a usar YouTube sólo nos interesaba la parte que nos permite consumir contenido específico, y que escogimos usar WhatsApp para enviar mensajes de texto a nuestros contactos cercanos; lo que los hace redes sociales llegó después, y se desarrolló a nuestro alrededor.
Sin ir demasiado lejos, Substack (donde estoy publicando este ensayo) es, también, una red social. Empezó como una plataforma de newsletters que se perfiló como un refugio para escritores, tanto de ficción como de ensayos críticos; pero pronto adoptó Notes, video, podcasts, y una variedad de mecánicas para promover la interacción y la viralidad de las publicaciones, priorizando el algoritmo como principal vehículo de descubrimiento. Ahora es, a todas luces, otra red social.
Pero, ¿cuál es el problema? ¿Qué importa que sea una red social?
¿Qué ocurre con nuestras relaciones cuando casi toda la interacción humana termina mediada por la interfaz de plataformas diseñadas para convertir nuestra atención en un recurso económico?
Las redes sociales me preocupan. Están diseñadas para promover interacciones sociales cada vez más instrumentalizadas, aprovechando algunas de las reacciones más basales de la psicología humana: la indignación, la envidia, el orgullo y el escarnio. Si una plataforma recompensa las expresiones negativas de nuestra intolerancia en lugar de cultivar la paciencia y la verdad, entonces el impacto va más allá de cómo se transforma nuestra forma de comunicarnos, y pasa a definir el tipo de personas que estamos aprendiendo a ser.
Los usuarios nos convencemos a nosotros mismos de la necesidad de ser parte voluntaria de este ciclo, repitiéndonos constantemente que «estar fuera» sería peor que perpetuar la mentira que nos decimos a nosotros mismos, convenciéndonos de que «estar dentro» vale la pena. Parece que olvidamos, por conveniencia, que este tipo de medios no existían antes de los inicios de los 20001.
Si esta última afirmación parece exagerada, prueben decirle a un artista digital que estaría mejor teniendo un portafolio profesional en su propio dominio, en lugar de apoyarse exclusivamente en Instagram y cuéntenme cómo va esa conversación. Instagram —y Meta, en general— hizo un trabajo excelente convenciendo a los artistas digitales de que publicar con frecuencia era la clave para la relevancia en la plataforma, que cada nueva publicación es una nueva oportunidad de volverse viral, y que la posibilidad de encontrar el éxito profesional podría estar a la vuelta del siguiente reel.
Después de todo, Goldman Sachs estima que, para el 2027, la economía de creadores alcanzará una valoración de mercado de unos $480 mil millones de dólares a nivel global, pero sólo un 4% de los creadores digitales, a nivel global, puede vivir de crear contenido2. Esto quiere decir que más del 90% de los creadores digitales depende de otras formas de ingresos y un 72% de los creadores obtuvo menos de $500 entre 2022 y 20233.
Pero esta parte de la conversación me molesta por un motivo distinto. Cuando se reconoce las oportunidades de monetización, por minúsculas que sean, rápidamente se pasa a considerar a los usuarios, lectores, seguidores, ¡a las personas!, como signos de dólar que esperan ser capturados en embudos de venta. Demasiado pronto se pasa a una mentalidad de extracción, donde la audiencia está supeditada al imperativo de la monetización.
El prójimo nunca es un recurso que administrar o conquistar. La audiencia está compuesta por personas cuya dignidad no depende de su utilidad, de su capacidad de prestarnos atención, ni de métricas de conversión. Por eso es tan peligroso adoptar una lógica de extracción cuando nos enfocamos en cómo maximizar cada oportunidad de crecimiento, conversión o monetización. El problema es antropológico y no económico, más allá de los matices que el modelo de negocios impone a nuestra lectura.
Así que seguimos sujetos a la atención como moneda de cambio, y el uso que hacemos de las redes sociales penetra en nuestras interacciones diarias, aún lejos de las pantallas. Cuando supeditamos nuestra opinión a los vehículos de interacción de una interfaz, descargamos nuestra voz y opiniones en un «me gusta» (o en la falta de él).
¿Cómo demostrábamos nuestro interés antes de la creación del botón de «me gusta» a finales de la primera década de los 2000?4
Ya antes he comentado cómo Cal Newport aboga en favor de dejar de hacer clic en el botón de «me gusta» en su libro Digital Minimalism (2019). Newport sostiene que, en su lugar, deberíamos priorizar interacciones más significativas. ¿Qué pasaría si la próxima vez que algún conocido hace algo que me parece digno de reconocimiento, en lugar de dar clic en «me gusta», me acerco a esa persona y le expreso mi opinión positiva sobre lo que hizo?
El evangelio está lleno de encuentros que no pueden reducirse a interacciones superficiales. Jesús llama a las personas por su nombre, comparte la mesa y come con ellos, se acerca físicamente a los enfermos, y escucha antes de responder. La fe cristiana siempre ha entendido que amar al prójimo requiere presencia, tiempo y atención entregada, del tipo que no puede mediarse por una interfaz.
Tengo compañeros en el trabajo que hacen cosas realmente admirables, ¡me encanta su trabajo! ¿Qué pasaría si la próxima vez que nos veamos les invito un café para felicitarlos por el buen trabajo que hacen? ¿Qué pasaría si tan solo tuviéramos una conversación real al respecto? —En persona, sin una plataforma que medie entre nuestras palabras, sin un editor de texto que quiera empujar «sugerencias de inteligencia artificial» para reemplazar lo que realmente queremos decir.
Técnicamente, la primera plataforma que permitía crear una red de contactos mediante un listado digital interactivo fue SixDegrees, fundada en 1997, cuando apenas el 2% de la población mundial tenía acceso a internet y la conexión era por acceso telefónico (Dial-up). SixDegrees cerró en el 2001. En cambio, Friendster y MySpace, predecesoras de Facebook, se fundaron en 2002 y 2003, respectivamente.
Según este artículo, publicado por Goldman Sachs el 19 de abril de 2023.
Según este artículo de Anastasia Santoreneos, escribiendo para Forbes Australia, el 28 de septiembre de 2023.
El botón de «like» o «me gusta» fue implementado primero por FriendFeed (otra red social) en octubre de 2007. Facebook implementó su propio botón de «like» en febrero de 2009, aunque varias compañías venían considerando cómo usar el reconocimiento de los usuarios como incentivo para que otras personas publicaran contenido (gratis) desde el 2005.




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