Cada cierto tiempo aparece un nuevo estudio advirtiendo que leemos menos que antes. No debería sorprendernos, si reconocemos que pasamos buena parte del día frente a pantallas (así sea por trabajo), alternando entre correos electrónicos, mensajes, videos cortos, titulares plagados de clickbait y publicaciones que apenas retienen nuestra atención durante unos segundos. Paradójicamente, eso quiere decir que todos los días leemos casi desde que despertamos hasta que nos vamos a dormir. Leemos instrucciones, mensajes de texto, titulares, subtítulos, comentarios y notificaciones. Pero, en la práctica, leemos menos de forma voluntaria, y eso debería preocuparnos.
En Costa Rica, esta preocupación se ha visto reflejada en diversos estudios sobre los hábitos de lectura. La Universidad de Costa Rica, por ejemplo, ha señalado que la mayoría de las personas afirman valorar la lectura, pero una proporción importante lee únicamente cuando es necesario y los hábitos de lectura han disminuido con respecto a años anteriores. Más recientemente, la misma universidad reportó que apenas dos de cada diez nuevos estudiantes universitarios tienen un nivel de comprensión de lectura satisfactoria; algo que hace eco de los resultados encontrados por el Décimo Informe del Estado de la Educación 2025, que revela una profunda crisis y un grave retroceso en la capacidad de lectura.
Las cifras ayudan a dimensionar el problema, pero no lo explican, de forma que los números por sí mismos no sirven para entender el problema. Decir que no tenemos tiempo sería un cliché, porque aún cuando sí es verdad que llevamos vidas ocupadas, nuestro principal problema es a qué le estamos prestando atención. En la práctica, a qué le prestamos atención es una expresión de qué es lo que amamos y qué es lo que consideramos valioso, así que deberíamos empezar por cuestionar nuestros afectos.
Así que vale la pena preguntarnos, ¿por qué seguimos leyendo cuando nadie nos obliga a hacerlo?
Como sugiere Harold Bloom en el prólogo de su libro How to Read and Why, la lectura es, en cierto sentido, un placer egoísta. Bloom incluso llega a afirmar que desconfía de quienes buscan justificar la literatura únicamente por su utilidad social. Para él, los grandes libros existen porque transforman la vida interior del lector, y no para convertirnos en mejores ciudadanos ni para resolver problemas colectivos.
En lo personal, me cuesta creer que la literatura y la imaginación no terminen afectando también nuestra manera de vivir con los demás, porque lo que ocurre en nuestros corazones y nuestras ideas rara vez se queda ahí. Me parece que el problema está en elegir entre una lectura «personal» y una lectura «social».
En cualquier caso, Bloom enfatiza que cada libro que leemos termina ejerciendo algún tipo de influencia sobre nosotros, moldeando nuestra imaginación y nuestra manera de interpretar la realidad; aunque no nos parezca evidente. A veces los libros nos cambian sin que nos demos cuenta.
Así que, ¿cómo aprendemos a discernir la manera en que los libros nos están formando?
Tony Reinke atiende ese punto en su libro, Lit!, recordándonos que leer no es una experiencia neutral. Todos interpretamos los textos desde una determinada comprensión de la realidad, aunque pocas veces seamos conscientes de ello. Lo mismo pasa con los autores, por supuesto. Toda novela, ensayo, película e ilustración nace de una determinada visión del ser humano, del bien y el mal, de la naturaleza y del propósito de la vida, y nos hace determinadas preguntas acerca de quiénes somos, qué deseamos y qué entendemos por una buena vida. Por eso es importante que aprendamos a leer con discernimiento.
Reinke defiende que, desde una perspectiva cristiana, este discernimiento comienza con la persona de Cristo. Llevado a términos prácticos, podemos que tener en cuenta que la Biblia presenta a Jesucristo como aquel en quien todas las cosas encuentran su sentido (Colosenses 1:16-17 y Hebreos 1:3). Si sostenemos esta posición, y reconocemos que cuanto sabemos de Cristo lo sabemos por la Biblia, entonces la Biblia se convierte en el libro que nos enseña a leer, y deja de ser simplemente un libro más dentro de nuestra biblioteca. Estoy plenamente de acuerdo, y esa me parece una de las afirmaciones más profundas de Reinke en Lit!, aunque es fácil de malinterpretar, porque existe el riesgo de caer en «bibliolatría», elevando a la Biblia por sobre la persona de Cristo, y porque existe el riesgo de asumir que los cristianos debemos leer solo la Biblia y nada más. Ambos extremos son malas interpretaciones peligrosas y se alejan por completo de lo que propone Reinke.
Estudiando la Biblia aprendemos a mirar el mundo desde una cosmovisión con la que interpretamos el mundo a nuestro alrededor, considerando la creación, la caída, la redención y la esperanza de restauración de todas las cosas. La Biblia no responderá a cada pregunta de forma textual, en sus páginas, pero nos revela quién es Dios, quiénes somos nosotros mismos y cuál es nuestro lugar en el transcurrir de la historia humana, modelando, poco a poco, cómo aprendemos a leer todas las demás historias.
Si la lectura forma nuestra imaginación, como sugiere Bloom, entonces la pregunta inevitable para quienes escribimos es qué clase de imaginación estamos formando cuando creamos.
Similarmente, quienes trabajamos en animación, ilustración, o cine, dedicamos nuestro esfuerzo a producir imágenes que también modela la imaginación. Sabemos mejor que nadie el enorme poder que tiene una imagen para conmover, persuadir o permanecer en la memoria. Las imágenes a veces pueden revelar en un instante cosas para las que necesitaríamos páginas enteras, pero hay realidades más abstractas que las imágenes no pueden transmitir con la misma efectividad que las palabras.
Por eso no me gusta el cliché de «una imagen vale más que mil palabras»; porque las imágenes pueden complementar a las palabras, pero tienen una función comunicativa distinta.
Con la palabra escrita podemos vivir y experimentar emociones más allá de lo que podemos percibir con los sentidos, sin siquiera requerir de una representación visual concreta, porque nos invitan a participar en un acto de imaginación, donde nuestra mente completa todo lo que necesita.
Esa es, por sí misma, una razón por la que vale la pena leer, especialmente buena literatura. Leer ejercita la imaginación.
Esta afirmación puede parecer extraña si estamos acostumbrados a usar la palabra «imaginario» como si fuera un sinónimo de «falso»: Un mundo imaginario, un problema imaginario, una historia imaginaria; como si imaginar fuera precisamente alejarnos de lo que existe.
Pero me parece que hemos entendido mal la imaginación, confundiendo imaginar con una forma de escape de la realidad, cuando puede ser una forma de comprender mejor la realidad a nuestro alrededor.
Una buena novela nos permite habitar la vida de otra persona, por ficticia que sea, y aprender de experiencias ajenas que sentimos reales como lectores. A manera de ejemplo, un informe puede decirnos cuántas personas sufrían pobreza en la Costa Rica de principios del siglo XX, pero la novela Ese que llaman pueblo, de Fabián Dobles, puede mostrarnos cómo se siente la realidad de esa pobreza, y cómo se sufre perder una casa, perder nuestra familia o perder la esperanza —y lo hace sin que tengamos que vivirlo en nuestra propia carne, sino solo en nuestra imaginación, a través de las palabras del autor.
Similarmente, cuando un poema encuentra las palabras para nombrar una experiencia común, nos lleva a descubrir aspectos de nosotros mismos que permanecían ocultos a nuestros ojos. A veces no sabemos qué sentimos hasta que alguien encuentra la forma precisa de decirlo.
En otras palabras, podemos vivir a través de la lectura y la imaginación.
Esto tiene implicaciones para quienes creamos imágenes e historias, porque necesitamos aprender a percibir el mundo que ya tenemos delante antes de aprender a representar mundos ficticios. Tomando las palabras de Brad Bird, en su discurso de aceptación del Oscar, cuando The Incredibles ganó en la categoría de mejor película animada en la ceremonia del 2005: «la animación consiste en crear la ilusión de vida, y no puedes crearla si no tienes una». Tenemos que vivir la vida frente a nosotros, y dejar que nuestras experiencias nutran nuestra imaginación. Una imaginación pobre no sólo produce obras menos interesantes, sino que también puede producir una visión muy reducida de la realidad. Por eso que la formación de un artista necesita ir mucho más allá del dominio de las herramientas, y debe enfocarse en aprender a observar.
Una imaginación formada por historias verdaderas, bellas y buenas termina viendo el mundo de forma diferente. Y quien ve el mundo de manera diferente también termina trabajando de forma diferente, diseñando diferente y contando historias de forma diferente. Leer nos cambia. La mayoría de las veces, un libro no transforma nuestra vida en el momento que cerramos la última página, pero su influencia suele aparecer después.
En el siglo XV, la imprenta moderna hizo accesible el mundo de la lectura a más personas que nunca antes en la historia. Eso hace que el marcado descenso en los hábitos de lectura que vemos hoy sea paradójico. Vivimos rodeados de más palabras que nunca. Leer nunca había sido tan accesible como hoy en día, cuando tenemos libros físicos en variedad de formatos, libros digitales, y una basta bibliotecas de clásicos de la literatura disponibles de forma gratuita en Internet1. Sin ir más lejos, en Costa Rica, la Imprenta Nacional tiene la Editorial Digital2; una iniciativa que busca «impulsar la cultura y la educación en la sociedad costarricense, a través del acceso gratuito a libros digitales para el público en general», según dicen abiertamente en su sitio web oficial.
Pero la disponibilidad de los libros no resuelve nada por sí sola si no hay voluntad de leer. Leer demanda atención, de modo que leer compite por nuestro tiempo y antagoniza con nuestra impaciencia.
Por eso leer un buen libro se ha convertido, en cierto modo, en una forma de rehusar que nuestra vida quede determinada por los caprichos y la inconstancia de los algoritmos que nos rodean día a día. Leer es una forma de recuperar nuestra capacidad de contemplar las ideas a nuestro propio ritmo y tomarnos un momento para pensar. Es por eso que escribir notas, subrayar un párrafo o conversar con otros sobre una lectura resultan prácticas tan valiosas; porque convierten la lectura en pensamiento. Y pensar siempre requiere detenimiento.
Finalmente, tenemos que reconocer que existe una tentación frecuente entre quienes amamos los libros, y que se puede ver incentivada por las lamentables cifras de las que hablamos al inicio de este ensayo: Corremos el riesgo de terminar creyendo que el objetivo consiste simplemente en leer más. Podemos convertir la lectura misma en una forma de orgullo. También podemos comenzar intentando recuperar la profundidad y terminar simplemente acumulando otra clase de consumismo, y llenar nuestras bibliotecas de libros que nunca llegamos realmente a habitar.
Quienes somos cristianos, tenemos la oportunidad de leer reconociendo que toda verdad, toda bondad y toda belleza tienen su origen ulterior en Dios. Eso significa que incluso un buen libro secular puede convertirse en un regalo de la gracia común3 cuando nos ayuda a comprender mejor el mundo, el corazón humano o la belleza de la creación.
Por eso todavía vale la pena abrir un libro, y permitirnos mirar el mundo con ojos nuevos. Y quizás eso sea suficiente razón para seguir leyendo.
Standard Ebooks, por ejemplo, es un esfuerzo sin fines de lucro para ofrecer versiones digitales gratuitas de libros que se encuentran en el dominio público. Pueden aprender más al respecto de esta noble iniciativa en este enlace.
El catálogo de libros disponibles a través de la Editorial Digital de la Imprenta Nacional de Costa Rica puede encontrarse aquí. No se requiere suscripción ni registro para beneficiarse de la lectura de las obras en el catálogo.
En la teología reformada, se entiende por «gracia común» los favores inmerecidos que Dios derrama sobre toda la humanidad, sin excepción, manifestada principalmente en la bondad general de Dios hacia sus criaturas (tanto creyentes como no creyentes), la restricción del mal que evita que el ser humano sea tan malo como en realidad puede ser, y el bien social y cultural en las expresiones cotidianas de la vida, como el arte, la ciencia, la justicia civil y las buenas acciones.



