En el texto breve de «Acerca de» de esta publicación, digo que Prografos es donde escribo sobre animación, literatura y la profesión creativa, desde una cosmovisión cristiana. Me preocupa un poquito (muy poquito) que mis lectores no sepan a qué me refiero con «cosmovisión cristiana» así que me parece razonable esclarecer la forma en que se pretende usar el término en mi publicación. Para eso, atenderé ambas palabras de forma independiente primero, y luego procuraré reunirlas al final, con la intención de llegar a una definición práctica.
Empecemos con la segunda, por ser la más importante y, muy probablemente, la más volátil de las dos.
Estoy entendiendo «cristiana» como perteneciente al cristianismo, y ese cristianismo como la forma de expresión de fe y adoración al Dios triuno, el único Dios verdadero, Padre, Hijo y Espíritu Santo, en adhesión a las Santas Escrituras (i.e. la Biblia) como única y suficiente regla de fe y práctica; depositando mi total confianza y certeza en la vida, muerte y resurrección de Jesucristo para el perdón de mis pecados —que son muchísimos y por los que soy enteramente culpable y nada más que culpable ante Dios—, de modo que, por fe y gratitud a la gracia de Dios, ahora vivo mi vida a la luz del evangelio, con la esperanza de reunirme con Él en el cielo, cuando decida llamarme.
Así que, en la práctica, este espacio no tiene fines apologéticos denominacionales, pero ciertamente está informado por la soteriología protestante. No quiero esconderlo ni maquillarlo. Prografos busca asemejarse, si es que puedo permitirme el paralelismo, un poquito al «mero cristianismo» que propuso C. S. Lewis, centrado en las verdades fundamentales, pero sin pretender ser un esfuerzo ecumenista, ni querer en lo más mínimo entrar en debates denominacionales. No voy, por tanto, a priorizar «tener paz que tener razón» cuando se trata del evangelio; pero tampoco voy a polemizar ni a andar por Substack pretendiendo convertir a otros.
Muy bien. Ahora que tenemos un poquito de claridad sobre qué quiero decir con «cristiana», podemos volcar nuestra atención sobre «cosmovisión».
En un sentido práctico, la cosmovisión o visión de mundo se asemeja a unos lentes metafóricos, a través de los cuales podemos ver todo lo que nos rodea. Es a través de esta visión que entendemos o procuramos dar sentido a todo. Interesantemente, no se puede ser cristiano sin ser consciente de ello, pero ciertamente se puede tener una cosmovisión (la que sea) sin saberlo o sin haber tomado una decisión expresa sobre la adopción volitiva de una.
La razón por la que se puede tener una cosmovisión sin saberlo es porque todos tenemos una, de forma natural, aunque definitivamente no todos tenemos la misma. Lo que sucede es que todos desarrollamos, inevitablemente, una forma de interpretar la realidad (i.e. una cosmovisión). Cada cosmovisión se forma a partir de dos fuentes distintas, que nos son comunes a todos en naturaleza, pero distintas a todos en expresión. En sociología, normalmente se explica mediante los términos de socialización primaria y socialización secundaria.
La socialización primaria está compuesta por el conjunto de presuposiciones (i.e. todo aquello que nos parece normal) que recibimos de nuestra familia durante las primeras etapas de la infancia, antes de que tuviéramos acceso a otras ideas fuera del contexto familiar inmediato. Es todo lo que creemos, pensamos y aceptamos o asumimos como verdadero a partir de nuestro contexto original, aunque ninguna de estas presuposiciones se fija, necesariamente, de forma permanente.
La socialización secundaria surge cuando ese conjunto de presuposiciones originales se expone a ideas distintas, chocando (a falta de una mejor palabra) con los conjuntos de presuposiciones de otras personas, que voluntaria o involuntariamente cuestionan, confirman o amplían las presuposiciones que recibimos de la socialización primaria. En esta etapa, que dura toda la vida, se interiorizan los conocimientos y perspectivas, de modo que se puede modificar lo aprendido anteriormente.
En términos prácticos y dejando intencionalmente de lado las limitantes y precisiones teóricas de los procesos de socialización primaria y secundaria, todo a nuestro alrededor, literalmente todo a lo que nos exponemos y con lo que interactuamos en nuestras vidas desde que tenemos contacto con el mundo tiene el potencial de informar y modificar nuestra percepción, la forma en que construimos asociaciones entre las ideas y nuestras creencias. Esto incluye a los vecinos, los compañeros en las distintas etapas de formación académica (sean las que fueren), los desconocidos en la calle y, por supuesto, los medios de comunicación. Todos los medios; redes sociales y libros clásicos por igual.
Ninguno de nosotros es impermeable a las ideas y expresiones de las presuposiciones de los demás; por eso deberíamos ser cuidadosos con a qué nos exponemos y qué consumimos. En ese sentido, todo el proceso podría compararse al de la nutrición, si nos permitimos un paralelismo entre la fisiología y el desarrollo psicoemocional: todo lo que comemos tiene consecuencias bioquímicas y metabólicas sobre cómo funciona nuestro cuerpo y nuestra salud. Así mismo, todo lo que percibimos con nuestros sentidos y las ideas que sopesamos, todas tienen consecuencias sobre en qué pensamos, cómo pensamos, y cuáles son las formas en que esos pensamientos se expresan en nuestra vida diaria.
En un sentido jovial (y quizás hasta un poquito morboso) por eso ha sido interesante ver en los últimos días el lanzamiento y la rápida viralización de las herramientas web al estilo de My 9 albums, o —quizás un poco más afín a los círculos más inmediatos de este Substack— My 9 movies o The 9 books I’ll never forget. Participamos del juego y compartimos nuestras influencias, en parte haciendo un examen de nosotros mismos, pero por otra parte, quizás incluso mayor, anticipando y editando en función de las reacciones e interacción y reacción que esperamos obtener, siendo prefigurando cuál creemos que podría ser la opinión de otros por nuestro «aporte» a la tendencia, y preocupándonos por cómo seremos percibidos si ponemos X o Y material en lugar de otro.
Al respecto, bromee un poco con Emilia Nessuno, porque nos gana el FOMO y no queremos quedarnos atrás. Yo terminé haciendo tanto la versión de los nueve libros como la de los nueve álbumes y las nueve películas, y tantos otros como encontré. Resulta que hay tanto de libros como de música, películas, series de televisión y hasta de videojuegos.





Pero también es cierto que la tendencia, al margen de cuán divertido pueda ser y las conversaciones que se derivan de ella, sigue ofreciendo una oportunidad de introspección. ¿Cuáles son, realmente, esos nueve álbumes de música que cambiaron mi forma de pensar? ¿Qué libros marcaron una diferencia en la forma en que veo el mundo a mi alrededor? ¿Qué van a pensar de mí si ven qué cosas me gustaban —o me gustan ahora? ¿Qué dice de mí que esto me guste? ¿Siquiera soy consciente de por qué me gusta? ¿En qué he cambiado a partir de lo que consumo?
Ahora bien, la adopción consciente y expresa de una perspectiva específica, informada y claramente definida (e.g. la fe cristiana) nos permite establecer un marco de referencia sobre el cual puede evaluarse todos los conjuntos de presuposiciones, sean de la socialización primaria o la secundaria. Digamos, siguiendo con el paralelismo de la nutrición, que es nuestra forma consciente de escoger qué queremos comer y de qué preferimos, por salud o convicción, abstenernos. La adopción consciente de una perspectiva es opcional, aunque la adopción de alguna perspectiva no. No existe la neutralidad porque no existe una perspectiva humana absolutamente exenta de presuposiciones; pero ciertamente podemos examinarlo todo para evaluar los argumentos con rigor y honestidad. En mi caso, eso pasa por examinarlo todo a la luz de la Biblia (1 Tesalonicenses 5:18-22 y Hechos 17:10-12).



