Hace unos días, un ensayo, de la mano de Taraneh Kerley, me recordó que el 22 de septiembre (justo la fecha en que publico estas palabras) se conmemora el Hobbit Day (El día del Hobbit), en alusión al cumpleaños —ficticio, por supuesto— tanto de Bilbo como de Frodo, los protagonistas de dos de las obras más conocidas de J. R. R. Tolkien: The Hobbit y The Lord of the Rings, respectivamente.
La celebración, que en un principio fue proclamada formalmente por la American Tolkien Society (Sociedad Tolkien Americana), en septiembre de 1978, aunque ellos mismos reconocen que la celebración del día de los hobbits ya existía antes de su designación formal, surgió en procura de fomentar la lectura de la obra de Tolkien. De modo que la celebración giraba en torno a bibliotecas y librerías, con mostradores promoviendo los libros de Tolkien, e invitando a charlas, seminarios y otras actividades. Cabe señalar que, como la celebración se realiza en septiembre, una parte de la población la tomó como una oportunidad de fomentar la lectura en estudiantes, siendo que muchas escuelas estadounidenses inician el año escolar en otoño (entre mediados de agosto e inicios de septiembre).
Es una pena, sin embargo, que el énfasis de una celebración que tenía como foco de atención la literatura de J. R. R. Tolkien —y, a través de ella, los valores defendidos por el autor en su obra: la reivindicación y honor de lo cotidiano, la amistad y la lealtad, el amor por la naturaleza y lo rural, la misericordia y la compasión, y, especialmente, la humildad y el contentamiento como antídoto a la corrupción del poder— haya terminado, como tantas otras cosas, víctima de la cultura de la representación tan característica de la Internet actual, plagada de publicaciones vacías en redes sociales.
Desde hace semanas, Substack muestra, con mayor o menor recurrencia, Notes de personas que declaran «vivir para todo lo que tenga que ver con el otoño» y ser los más grandes fans de Tolkien; con las consecuentes fotos que hacen gala de sus aproximaciones al hobbitcore, haciendo cosplay de hobbits, fingiendo naturalidad, y preocupándose más por la apariencia de los platillos que quieren presentar en sus fotografías —y por las reacciones a sus publicaciones— que por el disfrute y la gratitud que debería traer consigo la comida.
Iba a poner esto en una nota al pie, pero me molesta demasiado como para dejarlo como un comentario al margen: El hobbitcore es una moda estética que se desprende como un subgénero del «cottagecore», y que desplaza el enfoque de la proyección de un estilo de vida rural hacia uno de apreciación —siempre rústica— de la comodidad, la naturaleza y los placeres sencillos. Pero, por ser una moda estética, no tiene tanto que ver con el verdadero aprecio de ninguno de estos, sino con la apariencia de apreciarlos. Por tanto, se traduce en sendas publicaciones de fotos evidentemente posadas, fingiendo solo la suficiente naturalidad para pretender que no se está enteramente devoto a la cámara; con filtros y modificaciones siempre en combinaciones de tonos sepia, verde y arcilla, con vestimentas de lino o algodón, mangas arrolladas, pies descalzos, y los inevitables hashtags.
Lo que hoy tenemos, más que marketing para los libros de Tolkien, es la mercantilización de los valores. Tolkien escribió sobre la sencillez, la humildad y la apreciación de la naturaleza porque creía en estos valores. Igual que escribió sobre los conflictos bélicos y las armas en función de la necesidad de estos como modo de protección de lo que amamos, y no como ensalzamiento o promoción de la estética militar. Así es como Tolkien nos regala frases como esta línea de Faramir, en The Lord of the Rings:
«War must be, while we defend our lives against a destroyer who would devour all; but I do not love the bright sword for its sharpness, nor the arrow for its swiftness, nor the warrior for his glory. I love only that which they defend»1.
¿En cuánta medida hemos permitido cambiar el amor por los valores esbozados por Tolkien por la simple expresión de sus apariencias, su gloria, su popularidad y el aplauso que viene con ellas?
Así, publicaciones en Instagram —y, en menor medida pero no suficientemente lejos, Substack— ensalzan la comida, la ropa y las fotos de pies descalzos que tratan de actuar con espontaneidad. Aplaudimos vidas fingidas mientras dejamos que nuestras propias vidas, esas que nos parecen aburridas y sosas porque no se parecen a las películas de Peter Jackson, pero que son nuestras, las únicas que realmente tenemos, se nos escapen de entre los dedos.
Por eso aprecio tanto el ensayo de Taraneh Kerley, que se centra en la herencia de Tolkien, y no en las apariencias2. Su ensayo habla de todas esas cosas poco glamorosas pero necesarias: Valor, humildad (de esa que no puede fotografiarse, pero que todos agradecemos en quienes realmente la viven) y el aprecio de una vida realmente sencilla. No importa si ella y su familia sí comen comida alusiva al lore que envuelve los hobbits. Lo que aplaudo es que ese no sea el centro de sus publicaciones. Su foco de atención, en cambio, y esto es lo que me parece más loable, está en qué pueden aprender sus hijos.
Volviendo al paralelismo de la frase de Faramir: no amamos la comida por las fotos, el atardecer en la pradera por su estética, ni la ropa de algodón, lana o lino por lo que nos permiten fingir. Amamos solo la vida que podemos permitirnos, esa que Dios nos dio, con aquellos con quienes Dios nos dio el honor y la responsabilidad de amar, cuidar y educar.
La cita, en español, dice: «Guerra ha de haber mientras tengamos que defendernos de la maldad de un poder destructor que nos devoraría a todos; pero yo no amo la espada porque tiene filo, ni la flecha porque vuela, ni el guerrero porque ha ganado la gloria. Sólo amo lo que ellos defienden».
El diálogo se da durante el encuentro de Frodo y Sam con Faramir, en Ithilien; detallado en The Window on the West, el quinto capítulo del libro cuatro (dentro de The Two Towers), de acuerdo a la numeración original.
Pueden disfrutar de su ensayo aquí:




