Este 15 de septiembre de 2026 celebramos 205 años de la independencia de la mayoría de los países de Centroamérica, de modo que Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica celebramos al mismo tiempo.
La independencia, sin embargo, no llegó a todos al mismo tiempo, y no por los mismos medios. En Costa Rica, a diferencia de lo que sucedió en otros países, no tuvimos una guerra de independencia. Nosotros recibimos nuestra libertad del dominio español sin derramar sangre, más como resultado de pactos políticos que de violencia identitaria y de un deseo de libertad. De hecho, nos enteramos tarde. La noticia de que Costa Rica pasaba a gozar de independencia de España llegó a la capital costarricense (que en ese tiempo era Cartago) apenas el 13 de octubre de 1821 —casi un mes después de la firma del tratado que nos independizó1.
Me parece que, de alguna manera, esa ausencia de una guerra de independencia —el tipo de guerra que tan dramáticamente marcó el proceso de independencia de muchos otros países en sus respectivas historias— contribuyó, aunque anacrónicamente, a consolidar la imagen colectiva de Costa Rica como un país de paz; una parte importante de lo que significa ser tico en la mente de tantas personas, tanto costarricenses como de otras nacionalidades. Pero, ¿qué significa ser tico?
La construcción de la identidad costarricense es un proceso vivo y constante. Sería peligrosamente ilusorio considerar que la identidad nacional se forjó en un pasado específico y que todos quienes nacimos en esta tierra, o quienes por su voluntad hayan escogido arraigarse en ella, estén sometidos a la adopción de una identidad heredada y asincrónica. La identidad costarricense se forja todos los días, y continuará siendo un proceso constante, aunque necesariamente informado por los acontecimientos históricos que cimentaron el presente que vivimos hoy.
Así que hay elementos identitarios compartidos y enseñados, al transmitir una historia que, aun si la desconocemos, nos contextualiza a todos. La paz, que mencioné brevemente antes, sin duda es uno de esos elementos identitarios que tanto define el ser costarricense. No deja de ser, sin embargo, parte de un mito histórico, aunque es algo que llevamos con algo de orgullo y que engalana parte de nuestra identidad, aunque, como todo mito, esa paz no llega a ser verdad del todo.
No tuvimos una guerra de independencia, pero Costa Rica se sumó en una guerra civil poco después de recibir su libertad de España —apenas en 1823— cuando distintos bandos políticos se enfrascaron en una lucha por decidir si nos sometíamos voluntariamente a un yugo diferente (el del Primer Imperio Mexicano) o si perseguíamos la vía de constituirnos en una república2. Para muchos, nuestra verdadera guerra de independencia fue la que libramos durante la llamada «Campaña Nacional», cuando el ejército de Costa Rica repelió exitosamente en 1856 la invasión de William Walker y el ejército filibustero que pretendía conquistar Centroamérica, empezando por Nicaragua.
En el imaginario colectivo costarricense, ese ejército tico de 1856 era conformado por campesinos que cambiaron sus herramientas de trabajo por armas de guerra —como sugieren los versos de la tercera estrofa del Himno Nacional, escrito por José María Zeledón:
¡Salve, oh tierra gentil!
¡Salve, oh madre de amor!
Cuando alguno pretenda tu gloria manchar,
verás a tu pueblo, valiente y viril,
la tosca herramienta en arma trocar.
Lo cierto, sin embargo, es que en Costa Rica teníamos un ejército profesional. Era un ejército relativamente pequeño, de unos 9000 hombres (un 9% de la población nacional), pero equipados con armas británicas y francesas (gracias al comercio internacional del café y a las relaciones diplomáticas de Costa Rica con el gobierno del emperador francés, respectivamente)3. Pero la imagen del campesino valiente que defiende su país es más romántica que las relaciones comerciales y armamentistas de la élite oligárquica de una Costa Rica sumida en la desigualdad económica y social (tan duramente representada en el realismo social de la obra de Fabián Dobles); aunque eso no demerita que, efectivamente, repelimos una invasión y rechazamos decisivamente los embates extraoficiales del «destino manifiesto» estadounidense.
La imagen de la Costa Rica pacífica se consolidó tras la abolición del ejército el 1 de diciembre de 1948, tras la participación tica (más política que efectiva) tanto en la Primera como en la Segunda Guerra Mundial, un puñado de conflictos civiles —comparativamente efímeros pero no por eso menos violentos ni reales—, y una dictadura violentísima entre 1917 y 1919 —marcada por la persecución, la tortura y los asesinatos, y que terminó, consecuentemente, con la salida del poder (y del país) de Federico Tinoco Granados, en el marco del asesinato de su hermano, el general José Joaquín Tinoco, y a las puertas de una invasión armada de la Marina de los Estados Unidos si los Tinoco permanecían en el poder.
Así que volvimos la atención a la imagen del «labriego sencillo» y Costa Rica se apropió del amor por la tierra y su fruto, el trabajo sencillo pero honesto, enmarcado en una romantización del campesino que poco hace por honrar los verdaderos esfuerzos de quienes (lo reconozcamos o no) nos permiten poner el alimento en nuestra mesa. Es una Costa Rica a la que se le salen las lágrimas con la letra de la canción «Soy tico», de Carlos Guzmán, hablando del sonido de la marimba, la imagen de nuestras montañas, y el amor por la tierra fértil de un alma sencilla —esa que decimos nuestra aunque sea sólo en los versos de una canción y no tanto en nuestro quehacer diario ni en nuestros aprecios más sinceros.
Pero los ticos somos dados a olvidar la historia que nos ofende y a ensalzar la historia que nos honra. Por eso la imagen de Costa Rica como la tierra del trabajo y la paz cala tan profundo. Y, si soy sincero, por eso la prefiero. Me gusta la idea de una Costa Rica trabajadora y pacífica, y espero en Dios nunca volvamos a tener los arrebatos de violencia social y política que tanto hirieron a nuestro país durante los poco más de 100 años entre la transición de ser una de las provincias más pobres y aisladas del yugo español, y la consolidación de la Segunda República.
Así, Ryoichi Sasakawa, el político y filántropo japonés que visitaba con alguna frecuencia Costa Rica encuñó la frase4:
«Dichosa la madre costarricense que sabe que su hijo al nacer jamás será soldado».
Quizás haciendo eco de ese impulso, que nos invita a dejar atrás lo que nos duele de nuestra historia y a mirar con esperanza hacia el futuro, es que adoptamos tan profundamente el «Pura Vida» que parece marcar la identidad costarricense, ya no solo en el imaginario tico sino en la percepción internacional. El «Pura Vida» tiene su origen en el seno de la época de oro del cine mexicano del Siglo XX, con la película Pura Vida (1956) dirigida por Gilberto Martínez Solares y protagonizada por Antonio Espino y Mora, más conocido artísticamente como Clavillazo.

El protagonista de la película, un personaje con el nombre de Melquiades Ledezma, era un eterno optimista, que recurría a la expresión «pura vida» para sobreponerse a toda clase de infortunios y contratiempos.
El Dr. Victor Sánchez Corrales, filólogo de la Universidad de Costa Rica, apunta a la adopción de esta expresión de optimismo (i.e. «pura vida») como una parte integral del ethos costarricense. Según señala, es parte de la construcción sociocultural del costarricense como feliz5. No en vano, y a pesar de las muchas formas que ha tomado la frase como tagline en campañas publicitarias de la cerveza Imperial, ese sentir del «pura vida» condujo a Costa Rica a ser nombrada de forma recurrente como uno de los países más felices del mundo —como si los países tuvieran emociones. Al margen de la publicidad, la verdad es que nos hemos creído, en mayor o menor medida, esa noción de felicidad y optimismo.
Concentrarnos sólo en las virtudes y bellezas de la identidad costarricense sería irresponsable, si eso nos lleva a obviar nuestros defectos —esos con los que cargamos los ticos por ser defectos ticos, aunque nos ofenda la idea de que nos los adjudiquen a nosotros individualmente. Eso fue, en alguna medida, lo que buscó hacer el documental Tico promedio, producido por Juan Manuel Fernández y Christian Bonilla, y proyectado por primera vez en mayo del 2014. El audiovisual parte de una premisa clara: achacar a la identidad costarricense una buena parte (aunque no todo, porque dejaron por fuera el alcoholismo como vicio culturalmente aceptado6) de lo que constituye lo más nefasto de la identidad costarricense: La corrupción y el «chorizo», la superficialidad, la falta de solidaridad, el conformismo, la irresponsabilidad y la falta de criterio y juicio político-electoral. Ese último punto le valió una lectura crítica importante al documental, que coyunturalmente no condujo a la victoria de Luis Guillermo Solís en las elecciones del 2014 (porque se grabó en un período de tres años y se estrenó meses después de las elecciones), pero que hace eco de las insatisfacciones que llevaron a Costa Rica a salir del bipartidismo, así sea para caer, por un par de períodos de gobierno, en manos de un partido político como Acción Ciudadana, que terminó por replicar los vicios que históricamente le criticaron al PLN y al PUSC, conduciendo a la erosión política que sufre hoy.
No menos importante en nuestra identidad es la noción de la Costa Rica verde, ejemplo insigne de la protección del medioambiente y el amor por la biodiversidad; aunque los desarrollos turísticos de décadas recientes han hecho realmente poco por proteger el medioambiente y la belleza escénica que caracteriza el territorio costarricense, y todo por atraer inversión extranjera y turismo en todas sus formas, en detrimento del desarrollo socioeconómico de las regiones más golpeadas por la gentrificación que ese tipo de actividad económica necesariamente trae consigo. Igual el Volcán Poás sigue teniendo uno de los cráteres activos más grandes del mundo, seguimos teniendo cerca del 6% de la biodiversidad del mundo, concentrada en un 0,03% de la superficie terrestre del planeta, y destinamos como áreas protegidas (con más o menos efectividad) cerca de una cuarta parte del territorio nacional7.
Nuestra diversidad no se limita a la biodiversidad, sino que tenemos gran diversidad en actividad económica, cultura, industria, tecnología, artes y talento. Algo que Procomer no pasó por alto en el desarrollo de Esencial Costa Rica como marca nacional, un esfuerzo por decirle al mundo —y a la inversión extranjera— cómo somos todo lo que ellos buscan. No puedo negar que me gusta como lo han hecho. Se siente una emoción extraña pero profunda cuando se ve a Costa Rica desde la lente de una cámara de alta definición, con una locución que ensalza, con profundidad y convicción, lo maravilloso que es ser costarricense. Es bonito escuchar que digan que somos «talentosos por naturaleza» o que gozamos de «inteligencia natural», aunque sean taglines bien pensados para lo que es, a fin de cuentas, una campaña de publicidad.
Quizás paradójicamente, mi expresión favorita de la campaña de PROCOMER sigue siendo su anuncio original para la campaña esencial Costa Rica en su versión en inglés, de hace más de 12 años atrás. Por favor, asegúrense de ver el video en 1080p y no se atrevan a permitir que se reproduzca con el doblaje automático que (tristemente) ofrece YouTube en lugar de la locución en inglés del original:
A fin de cuentas, la identidad costarricense se forja todos los días, en los corazones de quienes, por nacimiento o por adopción, tenemos el placer de llamarnos «ticos». De nosotros depende recordar lo que somos y, conscientes de la gravedad que conlleva, escoger lo que queremos ser.
La noticia llegó como parte del correo mensual que venía desde Guatemala, tal y como indica Ricardo Fernández Guardia, en su libro La independencia: historia de Costa Rica, publicado por la Editorial Universidad Estatal a Distancia en el 2007.
Fue nuestra primera guerra civil, conocida en la historia tica como la guerra de Ochomogo. La guerra duró 10 días, del 29 de marzo al 7 de abril, y condujo, con la derrota de los imperialistas, a que la capital costarricense pasara de Cartago a San José. Quizás indicador, también, de parte de lo que sería la identidad costarricense fue el hecho de que la guerra fue, a fin de cuentas, innecesaria. El Primer Imperio Mexicano había dejado de existir el 19 de marzo de 1823, 10 días antes del inicio de la guerra en Costa Rica, con la abdicación de Agustín de Iturbide. Las consecuencias dentro del territorio costarricense, sin embargo, marcaron la identidad nacional al pasar la capital política a la que ya era, de por sí, la capital económica del país.
Según expone Raúl Francisco Arias Sánchez en su libro Los soldados de la campaña nacional, publicado por la Editorial Universidad Estatal a Distancia en el 2007.
La cita original, según el Centro Cultural Japonés, es:
子供が兵士にならないことがわかっているコスタリカの母親は幸せである。
De acuerdo con un artículo de Amanda Vargas Corrales, escribiendo para Palabrajeando, del proyecto Esta palabra es mía, de la Oficina de Divulgación e Información de la Universidad de Costa Rica.
En este punto convendría considerar el emblemático documental costarricense La cultura del guaro, de Carlos Freer (1974).
Según una lectura conservadora de las cifras oficiales del Ministerio de Ambiente y Energía y del Sistema Nacional de Áreas de Conservación (SINAC).



