La buena política
Reflexiones sobre el significado de "la buena política" y nuestra responsabilidad ciudadana frente a la desinformación y la violencia.
Nota del editor: Hoy tengo el placer de ceder este espacio al MSc. William Rojas Cordero, máster en Educación con énfasis en Administración Educativa y licenciado en Ciencias Políticas, quien fuera director de la Escuela de Ciencias Sociales del Instituto Tecnológico de Costa Rica. Su experiencia académica y profesional aporta una perspectiva única sobre cómo nuestra forma de entender la política tiene un impacto directo en la dinámica social, independientemente de alineaciones o preferencias partidarias. Es un honor contar con su análisis en esta edición.
La coyuntura de la campaña política actual en Costa Rica, ha provocado recoger de mis recuerdos una circunstancia particular que deseo compartir, muy respetuosamente.
Concluidos mis estudios de secundaria, mientras me desempeñaba como funcionario público (en un puesto alcanzado por concurso), inicié estudios en la Escuela de Ciencias Políticas de la Universidad de Costa Rica.
En algún momento, un compañero de labores me abordó con la pregunta acerca del propósito y contenidos de mi carrera; luego de ofrecerle una versión simplificada de la misma, él me expresó:
“A mí me gusta la política, pero la buena política”.
Su opinión la traigo a colación de la actual campaña política, tratando de comprender y compartir el significado de “la buena política”. Y sobre dicha expresión me permito ofrecer algunas reflexiones.
La política, ¿es buena o es mala?
La primera reflexión es el cuestionamiento acerca de si la política es buena o mala en sí misma. O si cabe un juicio de valor desde la perspectiva de la ética. Hay opiniones descalificantes de la política interpretándola como sinónimo de las malas artes para alcanzar el poder; otras (desde los filósofos del Helenismo) se orientan a valorar la política, como conjunto de acciones humanas encaminadas a las actividades más nobles a las que se puede dedicar una persona, en tanto que se trata de la búsqueda del bien y la felicidad de los demás1. Otros opinan que la política tiene ética propia, sin embargo, debe aclararse que:
el objeto de la política no contiene en sí ninguna ética; es el actor político quien sí se inscribe como ético o anti-ético, según su propia escala de valores y principios.
O sea, la política no es buena ni es mala en sí misma; somos los ciudadanos los que actuamos con buenas o malas intenciones, según la forma en que hacemos política. Complementariamente podría esquematizarse las siguientes concepciones:
Política negativa:
La versión peyorativa, que frecuentemente evoca la política, consiste en considerar que, en la práctica, ésta es el arte del engaño2. De ahí que a veces quienes desean participar en procesos políticos temen ser etiquetados de forma negativa.
Política positiva:
En esta acepción se ubica el arte de gobernar (proyectar y posibilitar) y administrar la estructura de poder (el Estado y sus instituciones)3. De igual forma, es la búsqueda del poder y detentarlo para lograr la reconciliación de una gama diversa de reclamos de validez en el seno de una sociedad, para armonizar sus intereses en conjunto4. La visión del llamado “realismo político” se ubica en el medio, denominándose como “el mal necesario”5.
Condición inherente al ser humano:
La segunda reflexión es acerca del alcance conceptual de la “política”:
El concepto es muy amplio e integral. Parte de la premisa de que la política está presente en la conducta humana, casi como condición antropológica, que lleva al ser humano a la búsqueda del poder para asegurar su existencia y bienestar.
Somos políticos por naturaleza, consciente o inconscientemente, de forma voluntaria o involuntaria. Por lo tanto, pensar que política es sinónimo de campaña y elecciones, es un reduccionismo conceptual y consecuentemente una equivocación (aunque frecuente). Campaña electoral es sólo una de sus dimensiones.
La interpretación más integral de la conducta política es considerar que somos políticos en todo momento y circunstancia, en lo cual nuestra conducta está orientada a obtener poder, aumentarlo y conservarlo para (en buena teoría) el servicio y beneficio de la colectividad, construyendo la sana convivencia.
La búsqueda del poder como fin en sí mismo:
La tercera reflexión es acerca de las consecuencias de medios y fines de una campaña política: Una interpretación (a mi juicio tergiversada) de lo escrito por algunos pensadores renacentistas, ha desembocado en creer que “el fin justifica los medios”. Esto ha provocado que muchas personas justifiquen todos los medios posibles para alcanzar el fin (el poder). O sea, el poder como fin en sí mismo, cayendo en la trampa de no saber qué hacer con él, o utilizarlo para beneficio personal y no para servir a la colectividad. Si los medios utilizados se separan de la ética, el uso del poder alcanzado se separará también, por justificaciones inventadas.
El deseo de ganar:
La política, como sana práctica, alberga la diversidad de pensamiento y de diferentes formas de conceptualizar la realidad. Sin embargo, un error común es asociar el ejercicio de la política al predominio de determinadas formas de pensamiento y acción, reduciéndolas a expresiones, decisiones y acciones, en detrimento de la libertad de quienes piensan, se expresan, deciden y actúan de forma diferente. La búsqueda de prevalencia de criterios no debe estar fundamentada en el deseo de ganar sólo por el placer de ganar. A veces se gana perdiendo y se pierde ganando. Todo depende del desarrollo posterior de los eventos sociales, desde la postura ganadora y de la postura derrotada.
La sociedad es como un organismo vivo:
Uno de los métodos de análisis que ofrece la Ciencia Política, es el análisis sistémico. La sociedad puede ser entendida, metafóricamente, como un ser vivo en donde cada uno de sus ciudadanos son integrantes. Por eso, a partir del análisis de las estructuras de poder podemos identificar la dinámica en tres momentos: a) las demandas y apoyos de los ciudadanos, b) el proceso de convertir esas demandas y apoyos en respuestas y c) el consecuente análisis de resultados y retroalimentación.
En tanto que sistema, la sociedad a veces se diagnostica como enferma y a veces saludable. Utilizando este lenguaje, también cabe decir que la sociedad costarricense actual está consumiendo los mensajes políticos equivocados (alimentados desde el oficialismo), que postergan su recuperación y salud; o sea puede estar consumiendo desinformación y violencia en sus diferentes formas.
Razón y emoción:
No conviene anteponer el orgullo a la razón. Hay que administrar la ilusión, la esperanza y el entusiasmo, dentro de parámetros razonables y realizables. Específicamente en episodios de campaña, los ciudadanos caemos frecuentemente en la trampa del relativismo perceptual (que nos empuja a aceptar como verdad las cosas que tal vez no lo son), o bien en la percepción selectiva (sólo percibimos lo que nos interesa según nuestro esquema mental y conceptos pre-concebidos).
Seleccionamos a priori lo que queremos escuchar y observar, por causa de la realidad pre-interpretada por nuestros sentidos y por nuestra conveniencia. Por ejemplo, suele suceder que en una multitud de personas que aplauden un discurso, quienes estaban más alejados del sonido aplauden con entusiasmo, sin haber escuchado bien el mensaje por razones de distancia física; pero aplauden fervorosamente.
También suele suceder que se dé el efecto de contagio (frecuente en los mecanismos de manipulación de masas); y ese contagio conduce, lamentablemente, más allá de la discusión argumentada y razonada, a la agresión verbal, agresión gestual y agresión física (aun cuando en ocasiones las partes en conflicto han estado defendiendo los mismos argumentos, pero con distintas palabras y sin deseo de practicar la escucha activa del argumento contrario; o sea reina la emoción y la confusión.
Un método que nos ayuda a comprender este fenómeno, desde la Ciencia Política, es el Análisis de Coyuntura, que básicamente, permite identificar:
Un acontecimiento, (o varios acontecimientos);
Los actores políticos, sus posiciones en la sociedad, su capacidad de incidir en la realidad;
La trayectoria histórica (reto para la juventud actual y para la gente que ha olvidado lo acontecido en décadas recientes);
El momento presente (la coyuntura), sus manifestaciones y aspectos relevantes de cambio o continuidad;
La relación con aspectos estructurales.
Votar con ilusión, criterio y discernimiento:
Aunque ya se ha dicho que somos políticos por naturaleza y siempre actuamos políticamente (aunque no siempre nos percatemos de ello), conviene sostener que el ejercicio de la política en un sistema democrático (la democracia valorada, aunque no exenta de discusión y polémica, desde los filósofos clásicos griegos) se expresa mayormente en el proceso electoral que culmina con la emisión del voto. Es la contribución política “no monetaria” más importante en el sistema democrático.
Por ello es muy recomendable el voto razonado y honesto, acorde a nuestros valores y principios, nuestros motivos e ilusiones (sueños realizables). Si amamos la paz y la sana convivencia, este es el camino. Si nuestra decisión no coincide con la mayoría en las urnas electorales, nos quedará la satisfacción de haber defendido pacíficamente nuestras convicciones. Recordemos que la democracia es la voz de la mayoría, aunque no siempre la mayoría garantice el tener la razón.
Análisis en propuestas de campaña:
Otro método que la Ciencia Política utiliza con frecuencia (aunque no exclusivo de esta disciplina), es el Análisis de Contenido, que básicamente consiste en responder a preguntas como las siguientes:
Lo que se propone (lo que se dice); o sea la oferta política. Se trata del análisis objetivo y concreto de las propuestas y pertinencia de las mismas, en función de lo que el país necesita y los problemas por resolver;
Quién propone (sujeto o actor político), su nivel de credibilidad, lo que se conoce de él (o ella) como actor político y su trayectoria, su razonabilidad y capacidad comunicacional, liderazgo, empatía y carisma; su forma de presentar sus propuestas, convicción y claridad expositiva;
A qué sectores de interés van dirigidas;
Cuándo se ejecutarán las propuestas; y
Probabilidad de real de cumplimiento, viabilidad de planes y programas, y los recursos materiales, legales, y humanos.
En este último aspecto es importante advertir o inferir las posibilidades de que las personas que acompañan al líder incrementen y superen el poder de éste (riesgo del ejercicio del poder “detrás del trono”).
Corolario:
Finalmente, al recordar a quien me hizo la observación sobre “la buena política” y al relacionar esa observación con los elementos teóricos expuestos (de forma muy parcial y resumida) he comprendido que esta persona se refería a la dimensión sana de las prácticas de la política; y esas sanas prácticas se concretan a través de nuestro comportamiento responsable como ciudadanos políticos (que somos todos).
En una sociedad democrática, como la nuestra, todos tenemos capacidad (en una u otra forma) de incidir sobre los eventos políticos, y (espero) solvencia ética para hacerlo sanamente, a través de diversos mecanismos, para construir una sociedad más justa, desde los espacios más pequeños (nuestras familias) hasta nuestros grupos de pertenencia social y la sociedad en su conjunto. Inclusive podemos lograr mejorar nuestra sociedad desde las sanas prácticas de las normas de urbanidad y buenas maneras.
Esta capacidad de actuar, con apego a sanos valores y principios y acatando la conducta social esperada (para lo cual fuimos formados y educados desde nuestros hogares) desemboca, indefectiblemente, en la construcción de espacios de sana convivencia, desde los ámbitos familiares y grupos sociales pequeños, hasta lograr un efecto multiplicador importante (onda social expansiva).
Si no hacemos el intento, entonces la sociedad avanzará de forma paulatina (como ya se ha venido observando) hacia peligros propios de la “mala política”: ataques verbales descalificantes, faltas de respeto a las personas y a sus opiniones, actitudes despectivas, rechazo, denostación, burla, sarcasmo, ironía y diversas formas de violencia.
Si se utiliza la violencia como medio para alcanzar un fin, ésta se va a convertir en un fin en sí misma y nos llevará a la decadencia del sistema.
Por eso, nuestra posibilidad de participación en política electoral, que nuestro ejemplar sistema democrático nos ofrece, debe ser aprovechada en todo momento y en particular en el ejercicio del sagrado deber (y derecho) patriótico del sufragio, al que debemos asistir con emoción, ilusión y convicción racional. Recordemos siempre que, después de Dios y nuestras familias, le debemos a nuestra Patria todo lo que somos. Todo lo grande y lo sublime se encuentra comprendido en el dulce nombre de Patria6.
Por ello, al acudir a las urnas el primer domingo de febrero próximo como. sufragantes, sugiero (respetuosamente) hacerlo valorando el gran significado de este acto, agradeciendo a Dios solemnemente la valiosa oportunidad y deteniéndonos unos segundos, papeleta en mano, para ubicar bien al candidato presidencial y diputados que representan nuestros valores, principios y convicciones, en un acto de honestidad consigo mismos. Si los resultados no fueran los que esperamos, mantendremos nuestro respeto a la voluntad de la mayoría y tendremos la conciencia tranquila por haber realizado lo que la Patria ha esperado de nosotros.
Aristóteles, “La política”.
Nicolás Maquiavelo, “El Príncipe”.
Maurice Duverger, “La Política”.
Wolin Sheldon, “Filosofía Política y Política de la Filosofía”.
Platón, “La República”.
Manuel Carreño, “Manual de Urbanidad y Buenas Maneras”.



