Hace poco más de cuatro años recibí el libro La batalla cultural, de Agustín Laje, como regalo de alguien a quien aprecio mucho —y de quien sé, sin duda alguna, que no había leído el libro antes de obsequiármelo; y que probablemente nunca lo leerá, pero creyó que a mí me podría interesar.
Estoy haciendo el esfuerzo por leer más, y más profundo, así que hace un par de meses me di a la tarea de finalmente leer el libro. Habiendo terminado el martes de la semana pasada, no pude sacarme de encima la sensación de tener que decir algo al respecto; así que escribo estas líneas a manera de reseña crítica, con la esperanza de que le ahorren tiempo a alguno de mis lectores, y le permitan dedicar sus momentos de lectura a algo más provechoso.
En una línea:
Laje propone un antagonismo polarizante entre una izquierda que busca la descomposición social para construir algo nuevo, y una derecha reaccionaria, casi letárgica, que él espera sepa encontrar unidad para hacer frente a los embates de la ingeniería reconstructivista de la primera.
Si aún quieren saber más, les explico un poco más sobre el libro. Así, si alguno aún quiere leerlo, al menos contará con una perspectiva un tanto más informada que lo que permiten los —ya de por sí engañosos— textos de la contraportada.

El libro La batalla cultural inicia exponiendo algunos conceptos interesantes, especialmente sobre el contexto histórico del término «cultura», pero pronto sufre de dos males: una prosa abultada por reiteraciones y un evidente esfuerzo por demostrar, así sea solo en apariencia, la erudición del autor. El uso de citas y referencias a otros autores se hace con tanta frecuencia que termina por entorpecer la lectura más que por reforzar los argumentos. Entre este diluvio de citas y notas al pie se asoma un esfuerzo por referirse a los filósofos e intelectuales citados con una cercanía y confianza que sugiere, sea consciente o inconscientemente, que Laje se asume como cercano a ellos.
El libro insiste en una dicotomía entre «izquierda» y «derecha» que el autor se esfuerza por justificar, desacreditando los argumentos que en uno u otro punto la han tachado de artificial, procurando para ambos polos una justificación histórica anterior al contexto de la Revolución Francesa en que se concibieron.
Lo hace, sin embargo, sorprendentemente tarde. La distinción que Laje ofrece sobre qué es «izquierda» y qué es «derecha» no aparece sino hasta la página 381, luego de numerosos esfuerzos por definir y ejemplificar los contextos de premodernismo, modernismo y posmodernismo —y no sin antes achacar al protestantismo, con un recurso falaz que malinterpreta la teología protestante, el crecimiento racional de las actividades económicas y la secularización de la cultura1.
De hecho, no empieza a hablar de las posiciones políticas y culturales de las «derechas» (así, en plural) sino hasta la página 456, y apenas define lo que él plantea como la «Nueva Derecha» al final, casi 30 páginas más tarde, tras más de la retórica cansina y enrevesada a la que, para este punto, ya me tenía acostumbrado.
Así que no encuentro nada particularmente nuevo en la propuesta —si cabe llamarla así— de Laje. Lo que argumenta es que todos quienes no se identifiquen como «de izquierda», o que habiéndose pensado de izquierda hayan terminado sintiéndose traicionados por ella, pueden, quizás, encontrar refugio en expresiones contestatarias a las hegemonías que les resultan antagónicas. Es, por tanto, una proposición insuficiente y sin un principio positivo común, dependiente de la conveniencia circunstancial y fundamentalmente carente de valores comunes que la sustenten —algo que el propio Laje deja entrever cuando explica por qué se habla de «derechas» en plural y cómo nadie parece recibir la etiqueta de buen agrado.
La única consigna de Laje podría resumirse en un imperativo negativo: «no ser de izquierda».
En la página 69, Laje afirma que la «ascesis calvinista [estableció] una ética de trabajo duro y de la autodisciplina que, fundada en los logros personales en el aquí abajo, determina nuestro lugar en el allá arriba». Esta sobresimplificación de Laje convierte en una afirmación teológica lo que Max Weber planteó como una tesis sociológica sobre la ética protestante y el espíritu del capitalismo —algo que Laje apenas reconoce a medias, acotando una nota al pie que remite, sin mayores explicaciones, a Vicente Gonzalo Massot y un libro sobre Weber. Esta inclusión me molesta porque tergiversa la perspectiva protestante del trabajo, donde ninguna obra, esfuerzo o labor realizada en la tierra puede comprar, asegurar o influir en el destino eterno del alma (sola gratia). Lo que el calvinismo reconoce sobre el trabajo es la dignidad de la vocación, afirmando que el trabajo duro y la honestidad podrían considerarse frutos de la fe, pero nunca méritos para ir al cielo. Son esas evidencias de vocación las que Weber analiza por sus consecuencias sociales y económicas, no como una doctrina de mérito teológico, como sugiere Laje.


